Ùltimo número

 
 Sumario:

3  Editorial
4  Los cambios en la infraestructura de Nicaragua
13 El Repliegue Táctico a Masaya
Una lección de audacia
30 La solidaridad y los anti-valores del imperio
36 Ser revolucionarios en la Nicaragua de hoy
40 De sandinistas electores a militantes del FSLN
42 El verdadero método revolucionario
43 Honduras resiste
53 La V Internacional y el sandinismo
66 Walter Mendoza Martínez

Home Blog Historia e identidad de caribeños y centroamericanos
Historia e identidad de caribeños y centroamericanos
Escrito por Aldo   
Jueves, 15 de Julio de 2010 16:59

Historia e identidad de caribeños y centroamericanos


Por Aldo Díaz Lacayo, 13 julio de 2010
http://www.radiolaprimerisima.com/blogs/397

Ponencia ante el X Congreso Centroamericano de Historia UNAN, Managua, del 12 al 15 de julio de 2010.

Dos son los términos del enunciado. La historia y la identidad de los pueblos de la región. Me voy a referir a cada uno por separado.

Lo primero que tengo que decir acerca de la historia, es que su variable fundamental es la liberación humana. La liberación del hombre como género, no como individuo. Las luchas del hombre por su liberación a lo largo del tiempo es, en consecuencia, la razón de ser de la historia. Son luchas a través de las cuales el hombre se ve obligado a desarrollar sistemas de organización social que le permitan consolidar los avances logrados en esa lucha. Sistemas que por lo mismo tienden a estabilizarse primero, luego a consolidarse, y finalmente a petrificarse, hasta impedir la continuación de la lucha por la liberación humana.

Y estas luchas por la liberación transcurren en dos dimensiones: La dimensión estructural y la dimensión coyuntural.

En términos estructurales la historia es progresiva, ascendente e interminable. No existe fin de la historia. Es decir, a lo largo del tiempo, la liberación humana no tiene retroceso. En este sentido, ningún tiempo pasado fue mejor. Siempre en el tiempo presente el hombre se encuentra más liberado de lo que estuvo en el pasado. Así ha sido desde que el hombre cobra conciencia de sí mismo, desde que nace la historia. La historia, entonces, empieza con el deslumbramiento de la conciencia, que es el primer acto de liberación humana, y también la base de su interminable lucha en esa dirección.

Desde entonces el hombre ha pasado por muchas etapas. Diferentes estadios históricos que se identifican convencionalmente con el sistema de organización social, creado por él mismo para consolidar su liberación. Todos ellos conocidos. Los más próximos, a partir de la esclavitud: el feudalismo, el capitalismo, el socialismo —frustrado pero aún en marcha.

La dimensión estructural de la historia, en consecuencia, es lineal como tendencia. Progresiva, ascendente, e interminable. Como ya dije.

Pero no es la dimensión estructural de la historia la que vive el hombre actual. Esta dimensión sólo la conoce el hombre a través de los registros históricos. El hombre presente, el actual de cada generación, vive, más bien hace, la dimensión coyuntural de la historia. Completamente distinta a la dimensión estructural.

En su estructura la historia aparece como la continuación de varios períodos, generalmente largos, de más o menos estabilidad, al margen de la violencia necesaria empleada por el hombre para conseguirla. Ésta violencia, abierta, encubierta, mediante la fuerza o la política, es la característica fundamental de la dimensión coyuntural. Por esta razón la coyuntura histórica aparece como caótica, con altos y bajos, flujos y reflujos. Asistemática, aparentemente sin sentido.

Porque la coyuntura se desenvuelve en correspondencia con las contradicciones sociales que produce la lucha por la liberación humana en cada momento presente, primero secundarias y finalmente antagónicas. Luchas de naturaleza ideológica, siempre con cobertura política, para superar estas contradicciones. Entre el sistema apoltronado en el poder político y las demandas populares por la liberación humana. Demandas cuya satisfacción espera lograr el hombre actual mediante un nuevo sistema de organización social, existente o prefigurado. Con el agravante de que la generación que hace la historia en su dimensión coyuntural conoce muy poco, e incluso desconoce la dimensión estructural de la historia. Para él ésta es solamente el pasado.

Pero existe otro agravante, mucho más negativo. Precisamente porque la lucha por la superación de estas contradicciones se da necesariamente en el ámbito político, y éste sólo se expresa a través de organizaciones partidarias, tan piramidales como la estructura misma de la sociedad. Es la cúspide de la pirámide política la que aparece como rectora de las luchas sociales en cada coyuntura. En consecuencia, en la dimensión coyuntural de la historia, las luchas sociales se atribuyen a los líderes políticos.

En la dimensión estructural, sin embargo, los líderes políticos aparecen en su verdadera magnitud. Como producto de las luchas sociales. Como hombres y mujeres, en el sentido de individuos, capaces de percibir con nitidez las demandas populares en la lucha por la liberación humana. Hombres y mujeres capaces de precisar estas demandas, de formularlas en lenguaje cotidiano, definirlas para darle fuerza política, pero sobre todo de potenciarlas en la dirección de la dimensión estructural de la historia. Para dar un salto cualitativo en el marco de la organización social actual, para empujar las luchas coyunturales hacia el cambio de estadio histórico, o para lograr definitivamente este cambio. Demandas populares y liderazgo político son categorías concomitantes, consustanciales. Inseparables.

Pero esta confusión del liderazgo político con las luchas sociales de cada momento presente no es fortuita. Es parte, también consustancial, de la lucha. Un obligado recurso del poder político para desnaturalizar, incluso para criminalizar la lucha que se libra para lograr su desplazamiento. Parte de la consolidación y perpetuación de la organización social actual. En otras palabras, es una decisión deliberada, consciente, del poder político presente. Una forma de sustituir, con ese propósito, el ismo ideológico con uno individual, socialismo por fulanismo, por ejemplo. Haciendo aparecer la lucha social como producto de aspiraciones, incluso de ambiciones individuales y no como demandas populares.

La doble dimensión en que transcurre la historia implica per se el problema de que es la dimensión coyuntural la que sirve de base para el registro de la historia. Son las luchas populares del presente por superar las contradicciones sociales las que se enfocan cotidianamente. Desde la política, la economía, la sociología, y desde todas las actividades sociales involucradas en cada coyuntura —incluyendo las relaciones internacionales, cada vez con mayor peso en la medida de que el mundo se globaliza. Y son estos enfoques la materia prima de los historiadores. En otras palabras, la historia suele escribirse con sesgo coyuntural. Más aún, en la mayoría de los casos, la historia escrita de cada país equivale al registro de las luchas sociales coyunturales.

Me parece que este es el caso de la Historia de los pueblos de Centroamérica y El Caribe, tal como la mayoría de nosotros la conocemos. Qué hacer para conocer la dimensión estructural de nuestra historia, cómo escribirla en el sentido de la liberación humana de nuestros pueblos, de Centroamérica y El Caribe, es el verdadero reto de los historiadores de la subregión, en particular de quienes estamos aquí presentes. Una tarea titánica, cuya realización escapa a los historiadores como individuos, que requiere acometerla en colectivo. Primero país por país, para luego integrarla. Ojalá que de este X Congreso salga una decisión en este sentido.

Por de pronto, voy a reflexionar sobre aquellos hitos que me parecen los más importantes, sobre los cuales he venido reflexionando durante los últimos años —exclusivamente para Centroamérica.

En primer lugar es necesario analizar el porqué de la fragmentación política de la región, a contrapelo de su unidad geográfica natural. Esto es mucho más visible para cada una de las subregiones: Centroamérica y El Caribe. A quién se le ocurre pensar que el istmo centroamericano no es una entidad geográfica indivisible. O que el arco insular del Mar Caribe no constituye una unidad geográfica. En otras palabras, estamos obligados a descubrir por qué, en cada caso, la unidad política es materia pendiente después de quinientos años del llamado descubrimiento, pero sobre todo después de doscientos de independencia.

Y en este contexto, es necesario determinar cuánto pesan en la actual composición política del área las migraciones de las poblaciones originarias, y sus respectivos asentamientos, en épocas y sitios diferentes en cada una de las subregiones. Porque resulta evidente que en la etapa de la conquista los invasores siguieron exactamente la misma ruta de las migraciones originarias, sin duda con su asesoría forzada.

Por ejemplo, en el caso de Centroamérica las migraciones del Norte y las del Sur, llegaron hasta Nicaragua, y también hasta aquí llegaron los conquistadores del Norte y del Sur, desde México y desde Panamá, marcando así dos conglomerados sociales en la subregión. Más aún al nombre Nicaragua se le define etimológicamente, en los mismos términos, desde el náhuatl y desde el arahuaco: "hasta aquí los náhuatls", "hasta aquí los arahuacos", siendo probablemente éste último el verdadero, porque el náhuatl no dispone de los fonemas "r", "g", y otros, que son comunes en los idiomas del sur, y abundantes en la toponimia nicaragüense.

Y, siguiendo con el impacto de las migraciones de la población originaria, por qué las fuerzas invasoras españolas encontraron mayor o menor resistencia en las distintas zonas de cada subregión. Por qué se asentaron con relativa facilidad en México, por ejemplo, y en los correspondientes espacios centroamericanos predominantemente náhuatls. O por qué Chiapas decide sumarse a México, del cual sin duda dependía en términos comerciales, siguiendo probablemente el comercio la misma ruta de la migración original de los votánides— que habían llegado de Cuba, asentándose en Yucatán, e incursionando hasta Chiapas.

El segundo punto importante de reflexión tiene que ver con la displicencia cívica del pueblo centroamericano frente a las luchas independentistas del resto de América. Por qué en Centroamérica no cuaja ningún movimiento independentista, y se queda rezagada, hasta el extremo de que son las mismas autoridades de la corona española las que asumen la llamada independencia de la Capitanía General de Guatemala, el 15 de septiembre de 1821. Un extremo que lleva a otro extremo mayor: Una independencia que concita una serie interminable de guerras civiles que se convierten de hecho en tardías guerras de independencia y en adelantadas revoluciones liberales.

Guerras que finalmente no conducen a la independencia de la región, a su unidad política. Por el contrario, terminan en profundizar la división, a pesar de luchar juntos contra la invasión filibustera norteamericana. Otro punto de reflexión: por qué si la Guerra Nacional fue hecha como guerra subregional —como a todos los de la generación actual nos consta—, terminó siendo registrada en la historia como un guerra de Nicaragua contra William Walker, con el apoyo de los otros estados de la subregión, y no como una guerra antiimperialista de Centroamérica contra Los Estados Unidos.

Y también, en el mismo contexto de las tardías guerras de independencia y adelantadas revoluciones liberales, sólo han quedado registrados los aspectos militares y no los político-ideológicos. O éstos se han registrado como referencias subsidiarias a lo militar. El caso más patético es el de Francisco Morazán. Muy pocos, o quizás nadie reivindica sus luchas en su dimensión estructural, desde su objetivo ideológico del republicanismo federal como organización social para Centroamérica, contra la tradicional organización cuasi monárquica heredada de España. Pero sí, todos o la inmensa mayoría, lo reivindican como militar invencible.

Asimismo, por qué estas mismas tardías guerras de independencia y adelantadas revoluciones liberales, que se dieron —como todos sabemos— como guerras civiles que perseguían la sustitución de la mencionada organización social cuasi monárquica por una liberal, republicana, finalmente han quedado registradas en la historia como guerras internacionales, entre los distintos Estados y después Repúblicas centroamericanos. El ejemplo paradigmático de esta sin duda interesada sustitución de guerra civil por internacional, es la última guerra civil de 1907. La llamada guerra de Namasigüe, entre fuerzas nicaragüenses reintegracionistas de la República Federal contra fuerzas divisionistas de Honduras y El Salvador. Más aún, esta guerra ni siquiera se menciona en la Historia de estos últimos países. Como si les resultara una afrenta nacional.

Siguiendo con las mismas guerras, es necesario determinar, en cada caso, de dónde venían las armas. Cuál era la retaguardia estratégica de cada una de las fuerzas enfrentadas, principalmente de la que controlaba los mayores recursos en armamento, avituallamiento y logística. Qué fuerzas externas tenían intereses estratégicos geopolíticos sobre la región, con independencia de afinidades ideológicas. Y cuál era la ruta utilizada por la retaguardia estratégica.

Continuando con el capítulo centroamericano, quiero plantear una reflexión propia de Nicaragua. Cuánto pesa en el espíritu nicaragüense el hecho de que Nicaragua sea frontera cultural de ambas culturas dominantes. De la cultura náhuatl, del norte, y de la cultura arahuaca del sur. Me hago esta reflexión porque a lo largo de estos quinientos años resulta evidente que el pueblo nicaragüense ha mantenido una posición firme y sostenida en contra de la dominación extranjera. Desde la llamada conquista, según lo consignan los Cronistas de Indias. Un rechazo y una lucha potenciada durante los últimos doscientos años, desde la independencia.

Para intentar una respuesta, desde hace varios años vengo reflexionando sobre el inconsciente colectivo. La impronta del quehacer humano, de cada pueblo, en su lucha por su pervivencia histórica. Para superar sus propias contradicciones en el sentido de la dimensión estructural de la historia, por su liberación humana. Una impronta que, al mismo tiempo que la ilumina, determina la forma de enfrentar esas contradicciones sociales. A lo interno y frente al mundo exterior.

(Entre paréntesis, menciono esta realidad histórica nicaragüense, no sólo como obligado punto de reflexión, sino también para hacer notar la realidad actual de Nicaragua en su entorno centroamericano: rodeada de bases militares norteamericanas: Ilopango, Palmerola, Heredia, y la anunciada reactivación de cuatro bases en Panamá. Y recientemente, ayer, la obsequiosa conversión de todo territorio costarricense en una gigantesca base militar norteamericana).

Y si es cierto como lo es, como lo demuestra la dimensión estructural de la Historia, que ésta no es otra cosa que lucha por la liberación humana, resulta evidente que el inconsciente colectivo se orienta hacia esta liberación. Entonces, la pregunta obligada es por qué unos pueblos logran aflorar a su conciencia colectiva este ímpetu originario más rápidamente que otros pueblos. Por qué los nicaragüenses nos hemos anticipado, con mucho, en este proceso de concienciación.

Dicho de otra manera, por qué unos pueblos son más vulnerables al proceso de transculturización. A asumir más fácilmente la cultura del invasor que los oprime. A reprimir a mayores profundidades en su inconsciente colectivo su propia cultura. A prolongar el afloramiento de su cultura originaria a su conciencia colectiva. Un gigantesco reto para todos nosotros.

No quiero terminar sin referirme por los menos a un caso concreto de El Caribe. De las Antillas en la denominación convencional anterior. El caso de la revolución independentista de Haití, la primera de América. No solamente la primera república, sino también la primera revolución que asume la necesidad de la unidad regional como condición de su propia pervivencia histórica, involucrándose en las luchas independentistas del sur. ¿Y cómo la registra la historia? ¡No la registra! La considera un accidente. Porque no es posible reconocerle a los negros tal capacidad. Una tesis racista, que subsiste doscientos años después. Una vergüenza para los historiadores post independentistas.

Con este trasfondo reflexivo, poco es lo que puedo decir acerca del segundo término del enunciado. Peor aún, no puedo decir nada halagador acerca de "la identidad de los pueblos centroamericanos y del Caribe". ¡Estamos desintegrados! Y no hay nada peor que la desintegración contra la identidad. Y no veo una reversión de esta dolorosa realidad, ni siquiera en el mediano plazo. A menos que logremos una profunda revolución regional.

Una revolución que va a depender, entre otras cosas, de los resultados de nuestros análisis alrededor de los puntos de reflexión que he mencionado. Y de otros muchos, alrededor de los cuales, sin duda, la mayoría de los aquí presentes también ha reflexionado.

A pesar de todo, no tengo dudas acerca de que la historia es el vehículo para una respuesta productiva a todas estas reflexiones. Vuelvo a insistir: es cuestión de que nos propongamos descubrir el sentido estructural de nuestra propia historia regional. Escribirla, enseñarla, divulgarla profusamente, hasta hacerla aflorar a la conciencia colectiva. Dicho de otra forma, hasta que nuestros pueblos logren aflorar su propio inconsciente colectivo, identificándolo con la dimensión estructural de su propia historia.

Repito: Mi expectativa es que este X Congreso Centroamericano de Historia, se pronuncie en este sentido.

Muchas gracias.

Managua, lunes 12 de julio de 2010.
LAST_UPDATED2